SEÍSMO de Antonio Zapata Pérez
Como nunca aposté a caballo ganador;
me quedé con el rocín.
En mi casa tengo un sismógrafo encima de una radio antigua de colores amarillo y miel oscura, de la marca “Anglo”. El sismógrafo no es más que una bailarina minúscula, que posa sus dedos sobre una peana también minúscula y resbaladiza. Este delicado “instrumento” lo tengo en la habitación donde perpetro y conspiro sobre mis vacíos existenciales, lugares donde hincar la palabra. El penúltimo sábado de octubre, percibí un breve pero fuerte temblor de magnitud 3 en la escala de Richter. Eran las 21, 30, aproximadamente. La bailarina, en lo alto de la biblioteca y de la carrocería del aparato, que ya no funciona, danzaba con suavidad durante unos segundos, más allá del corto seísmo. Su movimiento me impresionó, parecía tener vida propia, incluso sentimientos: Espero que siga bailando, pero que no caiga, porque no sería bueno para nadie.
En nuestras vidas también registramos pequeños temblores y seísmos, a escalas ínfimas pero contumaces y de grandes intensidades emocionales. Los sentimos a solas, en el silencio de la noche, durante los duermevelas de creación. Son sucesos que nos han ocurrido y pasan inadvertidos; y que cuando los demás duermen, palpitan por dentro tratando de emerger a la consciencia. La física nos demuestra que la materia no se interrumpe nunca, que todo es vibración de átomos, calor y movimiento sin fin. A mí me asusta esa verdad: es un despilfarro de tiempo, cuando vivimos tan poco. Si observamos y escuchamos bien, parece que todo se compone de seísmos en distintos estados, desde los que no advertimos hasta los catastróficos.
Por ejemplo, los precios de los productos y alimentos suben poco a poco, con temblores escasamente apreciables de magnitud 2 . sin embargo, si se suman los tres o cuatro temblores de los últimos seis meses, vemos que tenemos un terremoto de magnitud 7, donde el 30% de las casas se viene abajo.
El despido de miles de trabajadores de los sueños imperiales de las urbanizaciones y de las empresas privadas, que se empeñan en ser competentes con dinero público, constituye un seísmo en toda regla, de magnitud 8. Lo que supone ya la destrucción del 80% de los edificios, la mitad hipotecados. Y fíjense, mi bailarina se mantiene erguida, inamovible.
Aunque los seísmos financieros, son los más demoledores, los que negocian todo el dinero del mundo y un día resulta que ya no está en el mundo, que ha cambiado de planeta, que nos hemos, de repente, desglobalizado y estamos colgando en el vacío.
Este desmesurado seísmo, se acerca a la magnitud 10 y es de naturaleza dantesca, no queda nada en pie…ni siquiera mi insignificante bailarina.
