LOS ONICÓFAGOS de Abel Bri
He pasado años creyendo que estoy sola en mi batalla, en mi lucha contra mí misma, hoy sé que hay más como yo. No es ese consuelo, sino mayor drama que más gente sufra como yo. Comencé esta degradante tortura cuando apenas me asomaron las primeras uñas, ellas, o mis primeros resquicios de memoria. No siempre, desde luego que no, ha sido tan terrible como lo es ahora. No puedo fregar los platos. Por fortuna inventaron el lavavajillas, pero a veces me he visto obligada a usar guantes de plástico con algunos determinados cuchillos, o con las sartenes. También he tenido que comprar guantes de piel para acudir a actos sociales. Me siento mutilada. Me duele hasta escribir en el teclado, y aún así no puedo dejar de devorarme. Sé que al principio sólo las perfilaba, las mordía y las recortaba. No las tragaba entonces. Las mordisqueaba cuando mis nervios se descontrolaban, se acercaba un examen, pasaba muchas horas estudiando, o había quedado con las amigas para ir a una fiesta y las esperaba, llegaban tarde y las manos se me iban solas a la boca, a los afilados dientes, a mis ahora astilladas palas. Luego mis ratos de angustia han ido creciendo y no me conformaba con recortarlas, no necesitaba tijeras, comencé a tragarlas. No están sabrosas, nadie debe de pensarlo, carecen de cualquier estimulante para el paladar. Es algo más intenso, profundo, complicado. Es el acto de tragar, es sentirlas en la boca y es algo impulsivo, automático, una necesidad, una droga. Lo he seguido llevando al extremo. Ayer quise llorar al ver mis dedos. Sólo hay carne, desnuda, desprotegida, demacrada, ensangrentada, cicatrizada, herida. El hueco rosáceo llega hasta la cutícula y en cuanto una media luna blanquecina asoma la devoro compulsiva. Mi necesidad no sólo me ha llevado hasta los dedos de mis manos. Con cada ducha me sé expuesta a mí misma y me encojo y aprieto las piernas hasta que el dedo gordo está dentro de mi boca. Chirrían mis dientes, se excitan mis sentidos, mi olfato, con los olores que emergen de entre las capas carnosas, con los restos rescatados de los rincones más recónditos de nuestro cuerpo que no pueden escapar a mi hambre. Me repele tragar cuando llego a los pies y no dejo de hacerlo. Soy psicóloga y conozco el nombre de mi enfermedad, onicofagia. Cualquier fagia suena terrible. Ninguna ingestión enfermiza puede ser beneficiosa, ni cómica. Conocer el nombre de mi enemigo no facilita mi batalla. Me está ganando, de lejos. No entiendo qué va mal en mi cabeza, en mis emociones, qué me lleva a hacerme esto. Lo llevo en secreto, en la vergüenza. Es un secreto visible y cuando me lo detectan alejo a esas personas de mi vida. No soporto que vean en mí mis debilidades. Sólo quiero espacio, que me dejen a solas y que nadie me mire mientras afilo mi dentadura. Sí, soñé que afilaba mis dientes, astillados y dentados cual sierra desgastada, para degustar la queratina más tiesa y recia de los dedos de mis pies. No me es necesario, aunque sea más dura en esa zona, porque en la vida real la reblandezco con el agua de la ducha y mi saliva. Otra noche soñé que llegaba a la matriz, la devoraba y la sentía atravesar mi garganta y quedarse flotando en el centro de mi estómago, deshaciendo jugos que se evaporaban emanándome pura felicidad. Esa noche me desperté exaltada y excitada. Creí que tocaba fondo mi enfermedad y daría inicio la recuperación. Me equivocaba. He llegado a mayores cimas de perversión. No me quedaba qué morder y lamí el paronniquio. A diferencia de a mi anterior alimento, a éste nuevo le encontré sabor. No sabe a fresas, ni a chocolate, pero me basta. Ya no me queda más remedio que llevar guantes cada vez que salgo a la calle. Me devoro la carne de los dedos también, hasta sangrar. Llevo siempre alcohol, algodón y tiritas a mano, por si me da una necesidad fuera de casa, y me veo obligada a cortar la infección. Soy psicóloga y sin suerte analizo los motivos que me llevan a esto. ¿Por qué si tengo trabajo, dinero, salud, y me permito caprichos, y vivimos en una sociedad donde tenemos de todo, me hago esto? ¿Por qué no soy capaz de sentirme feliz? ¿Por qué no puedo dejar de hacerme daño? ¿Qué clase de mal me arrebata la capacidad de ser feliz? Nadie es escéptico todo el tiempo, ni ateo. En mis noches cristianas rezo al infinito para que algún día descubran que esto es genético y que no es culpa nuestra, que los onicófagos nacimos así. La carne es sabrosa, la mastico anhelando llegar a la matriz donde crecen mis añoradas uñas. Me pregunto si he tocado fondo, o si lo haré cuando mi lengua pruebe el sabor de mis falanges.
